sexta-feira, 3 de outubro de 2014

Entrevista a Mons. Fellay luego de su encuentro con el Cardenal Müller

fellay-excardinado

Ud. fue recibido por el Cardenal Müller el 23 de septiembre pasado. El comunicado de la sala de prensa del Vaticano retoma los términos del comunicado de 2005, luego de su encuentro con Benedicto XVI, en el que ya se hablaba de “proceder por etapas y en un plazo razonable”, con “el deseo de llegar a la plena comunión”; – el comunicado de 2014 habla de “plena reconciliación”. ¿Significa esto que se regresa al punto de partida?

Sí y no, según el punto de vista en el que uno se sitúe. No hay nada nuevo en el sentido que hemos verificado —nuestros interlocutores y nosotros— que permanecen las divergencias doctrinales que se habían manifestado claramente con oportunidad de las discusiones teológicas de 2009-2011, y que, por tanto, no podíamos firmar el Preámbulo doctrinal que nos ha sido propuesto por la Congregación para la Doctrina de la Fe desde 2011.

Pero, ¿qué hay de nuevo?
Hay un nuevo Papa y un nuevo Prefecto al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Y este encuentro muestra que ni ellos ni nosotros deseamos una ruptura de las relaciones: las dos partes insisten sobre la necesidad de esclarecer las cuestiones doctrinales antes de un reconocimiento canónico. Por eso, de parte de ellos, las autoridades romanas reclaman la firma de un Preámbulo doctrinal que, de nuestra parte, no podemos firmar en razón de sus ambigüedades.

Entre las novedades se encuentra también el agravamiento de la crisis en la Iglesia. En la víspera de un Sínodo sobre la familia se manifiestan críticas serias y justificadas, de parte de varios cardenales, contra las proposiciones del Cardenal Kasper sobre la comunión de los divorciados “vueltos a casar”. Desde las críticas de los cardenales Ottaviani y Bacci en el Breve examen del Novus Ordo Missae, en 1969, esto no se había visto en Roma. Pero lo que no ha cambiado es que las autoridades romanas siguen sin tomar en cuenta nuestras críticas del Concilio porque les parecen secundarias e incluso ilusorias, frente a los graves problemas a los que se enfrenta la Iglesia hoy. Estas autoridades comprueban claramente la crisis que sacude a la Iglesia al más alto nivel —ahora entre cardenales—, pero no conciben que el Concilio mismo pueda ser la causa principal de esta crisis sin precedentes. Se parece a un diálogo de sordos.

¿Podría dar un ejemplo concreto?
Las proposiciones del Cardenal Kasper en favor de la comunión de los divorciados “vueltos a casar” son una muestra de lo que reprochamos al Concilio. En su discurso a los cardenales, en el Consistorio del 20 de febrero pasado, propone hacer nuevamente lo que ya se hizo en el Concilio, a saber: reafirmar la doctrina católica, ofreciendo al mismo tiempo aperturas pastorales. En sus diversas entrevistas con los periodistas, él realiza esta distinción entre la doctrina y al pastoral: recuerda en teoría que la doctrina no puede cambiar, pero introduce la idea que, en la realidad concreta, hay situaciones tales, que la doctrina no puede ser aplicada. Entonces, según él, solamente la pastoral está en condiciones de encontrar soluciones… en detrimento de la doctrina.

Por nuestra parte, reprochamos al Concilio esta distinción artificial entre la doctrina y la pastoral, porque la pastoral debe necesariamente derivarse de la doctrina. Gracias a múltiples aperturas pastorales se introdujeron cambios sustanciales en la Iglesia y la doctrina se vio afectada. Es lo que pasó durante y después del Concilio, y denunciamos la misma estrategia utilizada ahora contra la moral del matrimonio.

¿Acaso no hay en el Concilio sólo cambios pastorales, que habrían indirectamente afectado la doctrina?
No, nos vemos obligados a afirmar que se realizaron cambios graves en la doctrina misma: la libertad religiosa, la colegialidad, el ecumenismo… Pero es cierto que estos cambios aparecen de una manera más clara y más evidente en sus aplicaciones pastorales concretas, pues en los documentos conciliares son presentados como simples aperturas, de manera alusiva y con mucho sobrentendidos… Esto hace de ellos, según la expresión de mi predecesor, el R. P. Schmidberger, “bombas de tiempo”.

En las proposiciones del Cardenal Kasper, ¿dónde ve Ud. una aplicación pastoral que haría más evidente un cambio doctrinal introducido en el Concilio? ¿Dónde ve Ud. una “bomba de tiempo”?
En la entrevista que concede al vaticanista Andrea Tornielli, este 18 de septiembre, el Cardenal declara:

La doctrina de la Iglesia no es un sistema cerrado: el Concilio Vaticano II enseña que hay un desarrollo en el sentido de una posible profundización. Me pregunto si una profundización semejante a la que se dio con la eclesiología no es posible en este caso (de los divorciados vueltos a casar civilmente): incluso si la Iglesia católica es la verdadera Iglesia de Cristo, hay elementos de eclesialidad también fuera de las fronteras institucionales de la Iglesia católica. En ciertos casos, ¿no se podría reconocer igualmente en un matrimonio civil elementos del matrimonio sacramental? Por ejemplo, el compromiso definitivo, el amor y el apoyo mutuo, la vida cristiana, el compromiso público, que no existe en las uniones de hecho (i.e. las uniones libres)”

El Cardenal Kasper es muy lógico, perfectamente coherente: propone que los nuevos principios sobre la Iglesia, que el Concilio enunció en nombre del ecumenismo —existen elementos de eclesialidad fuera de la Iglesia—, se apliquen pastoralmente al matrimonio. Pasa lógicamente del ecumenismo eclesial al ecumenismo matrimonial. En este sentido, según él habría elementos del matrimonio cristiano fuera del sacramento. Para ver las cosas concretamente, ¡pregúntese, pues, a los esposos, qué pensarían sobre una fidelidad conyugal “ecuménica” o sobre una fidelidad en la diversidad! Paralelamente, ¿qué debemos pensar de una unidad doctrinal “ecuménica”, diversamente una? Esta es la consecuencia que denunciamos, pero que la Congregación para la Doctrina de la Fe no ve o no quiere ver.

¿Cómo se debe entender la expresión del comunicado del Vaticano “proceder por etapas”?
Como el deseo recíproco, en Roma y en la Fraternidad San Pío X, de mantener conversaciones doctrinales en un marco amplio y menos formal que el de los precedentes intercambios.

Pero si los intercambios doctrinales de 2009-2011 no aportaron nada, ¿para qué retomarlos, incluso de manera más amplia?
Porque, siguiendo el ejemplo de Mons. Lefebvre, que nunca rechazó aceptar la invitación de las autoridades romanas, nosotros respondemos siempre a quienes nos interrogan sobre las razones de nuestra fidelidad a la Tradición. No podemos rehuir esta obligación, y siempre la cumpliremos en el espíritu y con las obligaciones que han sido definidas por el último Capítulo General.

Puesto que Ud. mencionaba la audiencia que me concedió Benedicto XVI en 2005, recuerdo que entonces decía que queríamos mostrar que la Iglesia sería más fuerte en el mundo de hoy si mantuviera la Tradición, —incluso agregaría: si recordara con orgullo su Tradición bimilenaria. Repito hoy que queremos aportar nuestro testimonio: si la Iglesia quiere salir de la crisis trágica que atraviesa, la Tradición es la respuesta a esta crisis. De esta manera manifestamos nuestra piedad filial para con la Roma eterna, para con la Iglesia, Madre y Maestra de verdad, a la que estamos profundamente unidos.

Ud. dice que se trata de un testimonio; ¿no es más bien una profesión de fe?
Una cosa no excluye la otra. Nuestro fundador gustaba decir que los argumentos teológicos con los cuales profesamos la fe, no siempre son comprendidos por nuestros interlocutores romanos, pero ello no nos dispensa de recordarlos. Y, con el realismo sobrenatural que lo caracterizaba, Mons. Lefebvre añadía que las realizaciones concretas de la Tradición: los seminarios, los colegios, los prioratos, el número de sacerdotes, de religiosos y religiosas, de seminaristas y fieles… también tenían un gran valor demostrativo. Contra estos hechos tangibles, no hay argumento especioso que valga: contra factum non fit argumentum. En el caso presente, se podría traducir este adagio latino con la frase de nuestro Señor: “se juzga al árbol por sus frutos”. En este sentido, al mismo tiempo que profesamos la fe, debemos dar testimonio en favor de la vitalidad de la Tradición.

Fonte: DICI

segunda-feira, 29 de setembro de 2014

Colégio São Bento e Santa Escolástica


Nosso Colégio São Bento e Santa Escolástica é dirigido pelas irmãs Rosarianas, cujo trabalho tem dado frutos de qualidade, embora o número de alunos seja ainda bastante pequeno.

Tres professoras, uma das quais é uma irmá, asseguram as aulas. Duas irmãs se ocupam, uma da direção e outra do secretariado. A Escola Católica é uma das instituições mais importantes na restauração da sociedade católica.

Ajude-nos a ajudar a formar verdadeiros membros da Santa Igreja e futuros companheiros dos anjos na vida eterna.



Com grande generosidade as Irmãs do Instituto Nossa Senhora do Rosário fundado pelo Rev. Pe. Fernando Conceição Lopes, vieram se ocupar de nosso Colégio São Bento e Santa Escolástica.

A Kombi da escola já foi comprada e abençoada. As crianças, as professoras, as irmãs e os monges agradecem a todos os que nos ajudaram a comprá-la e lhe asseguram de suas orações.


Ajuda para a escola

Banco: Itaú
Conta: 47957-8
Agência: 0222
CNPJ 30.171.417/000188

OS DOZE GRAUS DA HUMILDADE

Santo Tomás nos ensina que o fundamento da humildade é a reverência para com Deus. É por isso que Santo Agostinho relaciona a humildade ao dom de temor de Deus, pelo qual o homem honra a Deus. A humildade nos faz submeter-nos a Deus. Ela é então radicalmente oposta ao Liberalismo, que não é senão o orgulho erigido em sistema. O liberal quer ser livre de toda sujeição, como se submeter-se a Deus fosse um mal, quando na verdade é não somente a única atitude que convém à criatura, mas também o único meio de ser feliz, pois só podemos ser felizes se obtivermos o fim para o qual fomos criados que é o próprio Deus.

Mas vejamos o que nos diz São Bento, menos especulativo que Santo Tomás e Santo Agostinho, mas eminentemente prático na aplicação dos mesmos princípios enunciados por estes santos Doutores.

São Bento se propõe a educar os monges, adultos ou crianças, que se apresentam à porta do mosteiro. Como o faz? Ele lhes repete a palavra do Evangelho: “O que se humilhar será exaltado e o que se exaltar será humilhado” (Lc. 14, 11) e ele faz preceder esta citação destas palavras: “A Sagrada Escritura, meus irmãos, nos faz ouvir este grito:”. São Bento quer assim atrair toda a nossa atenção para este ponto decisivo de toda educação. É preciso fazer-se pequeno se se quer que o bom Deus se encarregue de nós e nos faça grandes pela participação de sua natureza divina. Eis a educação beneditina: o aprendizado da santidade.

São Bento vai em seguida enumerar doze graus pelos quais se chega à perfeição tanto pela humildade como pela caridade, pois ser exaltado, nos textos da Escritura, não quer dizer outra coisa senão ser santificado nesta vida e glorificado na outra e isto se faz essencialmente pela caridade.

São Bento começa pelo interior para terminar na postura exterior do monge.

São Francisco de Sales concorda plenamente com esta maneira de proceder de São Bento. Eis o que ele diz: “Eu não poderia jamais aprovar o método que, para mudar o homem, começasse pelo exterior, pelos modos, pelos hábitos, pelos cabelos. Parece-me, ao contrário, que é necessário começar pelo interior, porque quem tem Jesus Cristo em seu coração, logo depois O tem em todas as suas ações exteriores.”

Assim, já estamos suficientemente informados sobre a humildade e sobre os métodos educacionais de São Bento para começar a estudar os doze graus propostos pelo patriarca dos monges do Ocidente.

Uma última palavra, desta vez de São Bernardo, nos colocará ainda melhor no bom caminho. O santo abade de Claraval define a humildade como a virtude que faz com que nos desprezemos, em conseqüência de um verdadeiro conhecimento de nós mesmos. A humildade é a verdade, dizia Santa Teresa d’Ávila.

Comecemos, então, nosso estudo. Tomemos o resumo do capítulo da humildade feito pelo Pe. Emmanuel do Mesnil de St. Loup:

  1. Ter sempre diante dos olhos o temor de Deus e, conseqüentemente, manter-se em guarda contra todos os pecados, notadamente contra a vontade própria;

  2. Renunciar a seus próprios desejos, resultado da renúncia à vontade própria;

  3. Submeter-se com toda a obediência a seu superior, por amor de Deus;

  4. Aceitar em paz as ordens difíceis, mesmo os maus tratos e injúrias;

  5. Descobrir ao superior os pensamentos, mesmo os maus, que vêm ao espírito;

  6. Contentar-se com o que há de mais vil e mais abjeto;

  7. Considerar-se a si mesmo, do fundo do coração, como o último de todos;

  8. Seguir simplesmente a regra comum, e fugir de toda singularidade;

  9. Guardar o silêncio até que seja interrogado;

  10. Não ser muito fácil em rir;

  11. Falar calmamente, com gravidade, em poucas e razoáveis palavras;

  12. Trazer a humildade em seu coração e em todo o seu exterior, baixando os olhos como um criminoso que se considera como estando no momento de ser chamado ao terrível tribunal de Deus;

Eis o resumo dado pelo Pe. Emmanuel. Todo resumo diminui um pouco o pensamento de um autor, mas o resumo tem a vantagem de colocar diante de nossos olhos uma vista de conjunto do assunto tratado. Nós vemos aí que São Bento começa pelo interior para terminar na postura exterior. Ele começa pela presença de Deus para terminar também com esta mesma presença. Inicialmente, o efeito desta presença no interior da alma é o temor. O temor pode ser servil ou filial. Ambos fazem com que o homem se submeta a Deus, mas somente o segundo entra com ele no céu. Ao final o Santo Patriarca acrescenta que também o corpo deve estar repleto deste mesmo temor, que é a reverência para com Deus.

O quadro não estaria completo se São Bento se tivesse esquecido de falar explicitamente da caridade, que segue, passo a passo, todos os graus da humildade ou, ao menos, une-se ao monge a um dado momento desta subida. É ela que anima o monge, e a todo cristão, nesta ascensão para o Deus de toda bondade. Escutemos São Bento nos falar desta caridade, quando o monge chega ao último dos doze graus da humildade:

“O monge, tendo pois alcançado todos estes graus da humildade, chegará logo a esta caridade de Deus, a qual sendo perfeita, lança fora o temor e faz com que tudo o que ele observava antes com um sentimento de terror, comece agora a realizar sem nenhuma dificuldade, como que naturalmente e por um hábito adquirido; não mais por temor do inferno, mas por amor a Cristo, pelo bom costume e atrativo próprio das virtudes que o Senhor se digna fazer nascer em seu servo purificado de seus vícios e de seus pecados.”

O Liberalismo não conhece o temor, mas não conhece também a caridade. O Liberalismo elimina o temor, mas elimina também a caridade. O Liberalismo atrai, pois ele parece ter chegado ao alto da escada, mas na verdade não pôs os pés nem no primeiro degrau. O catolicismo, ao contrário, sabe ter o rosto antipático da verdadeira bondade, segundo a expressão de um ilustre escritor. Antipático ao pecado, mas sorridente à virtude. Somente o catolicismo sabe unir severidade e bondade, humildade e magnanimidade, para chegar a esta caridade que elimina o temor servil, para deixar permanecer somente este temor reverencial, todo cheio de santa intimidade entre a alma e seu Criador e Salvador.

Num próximo boletim, se Deus nos der a graça, nós retomaremos cada grau, ou um a um, ou alguns, para nos aprofundarmos no conhecimento do pensamento de São Bento, que formou milhares de santos, monges e leigos, e moldou a Europa católica, farol do mundo inteiro.

Para dar um antegosto daquilo que ilustres comentadores escreveram sobre cada um dos graus da humildade, escutemos Dom Etienne Salasc, monge cisterciense, que comenta o décimo primeiro grau:

“Pertence ao monge, que entrou ostensivamente na milícia de Cristo, imitar Jesus Cristo em sua linguagem cheia de mansidão, isenta do riso inconveniente, sempre humilde e séria, sóbria, razoável, jamais ruidosa, incessantemente temperada com o sal da sabedoria. Diante destas formas de uma correção tão perfeita e tão atraente, o desejo da imitação se impõe com tanto mais encanto quanto mais se reconhece nesses bons efeitos da humildade as características de uma perfeita civilidade e de uma educação completa. Acontece com a humildade assim como com a verdadeira piedade: ela é útil para tudo, trazendo consigo as promessas que lhe são inerentes para a vida presente e para a vida futura. O verdadeiro cristão não é inferior em nada a um cavalheiro.”

E sobre o décimo grau, que poderia parecer excluir qualquer tipo de alegria no claustro, eis aqui o sábio comentário do mesmo autor:

“O riso é uma necessidade da natureza que depende muito da diversidade dos temperamentos mais ou menos sensíveis às causas que o estimulam. Seria absurdo querer interditá-lo radicalmente. Essa não é a condição imposta à humildade, e este não era o pensamento de nosso Pai São Bento. Mais que isso, o riso é uma distensão às vezes necessária.”

A bem da verdade, o que quer São Bento com o décimo grau da humildade é que o monge (e isso vale para todos os cristãos) saiba excluir as vulgaridades incompatíveis com a “inexprimível seriedade da vida cristã”, como diz Bossuet.

Nós recomendamos a todos os que querem aprofundar-se no conhecimento dessas lições de humildade o excelente livro do Rev. Pe. G. A. Simon “A Regra de São Bento Comentada para os Oblatos e os Amigos dos Mosteiros” editado em francês nos anos trinta e reeditado pelas Edições de Fontenelle em 1982. Infelizmente este livro nunca foi traduzido para o português, que eu saiba.

O Pe. Simon comenta com grande erudição e grande bom senso toda a Regra. Ele no-la faz melhor compreender para melhor vivê-la. Que todos possam encontrar nesta Regra que é, segundo Bossuet, “um condensado do cristianismo, um douto e misterioso resumo da doutrina do Evangelho”, uma preciosa ajuda para tudo restaurar em Cristo, como o queria São Pio X.

Irmão Tomás de Aquino, O.S.B

Sermão do XVI domingo depois de Pentecostes - Mosteiro da Santa Cruz

quinta-feira, 24 de julho de 2014

Para Bem Escrever na Língua Portuguesa



Curso On-line do Professor

Carlos Nougué

“A gramática de uma língua é a arte de [escrever e pois de] falar corretamente.”

Andrés Bello

“A gramática é a arte de levantar as dificuldades de uma língua; mas é preciso que a alavanca não seja mais pesada que o fardo.”

Antoine Rivarol



* * *



• Para Bem Escrever na Língua Portuguesa ministrar-se-áon-linecomo curso de extensão de 60 horas, com certificado válido para quaisquer fins curriculares; e visará a dotar os alunos de proficiência gramatical em nossa língua, ou seja, a fazê-los escrever bem nela. Não ensinará “macetes”, mas a arte da Gramática.







•As 60 horas distribuir-se-ão por 30 aulas em vídeo de cerca de duas horas cada uma, disponibilizadas sempre em site próprio.

•Liberar-se-ão duas aulas por semana, conquanto o curso inteiro já vá estar gravado quando começar; e o curso inteiro permanecerá 10 meses no referido site, o que visa a dar aos alunos grande flexibilidade quanto a tempo e assistência.

•A cada aula estará disponível para impressão, em nosso sítio, um documento correspondente ao explanado pelo professor; e, disponibilizada a última aula, os alunos terão reunido um conjunto de cerca de 200 páginas destes documentos.

•A cada aula também estará disponível para impressão, em nosso sítio, um documento de exercícios (com resolução); e, disponibilizada a última aula, os alunos terão reunido um Caderno de Exercícios de cerca de 200 páginas.

•Os alunos poderão escrever ao professor para solucionar suas dúvidas, e receberão respostas também por e-mail.

•Oferecer-se-ão, ademais:



• O valor total do curso será de R$ 300,00, que poderão parcelar-se em até seis vezes no cartão (pelo PagSeguro). Por pagamento à vista mediante débito on-line, o valor do curso cai paraR$ 280,16.

•As matrículas começarão no dia 14 de julho de 2014, em nosso mesmo site; e a primeira aula do curso será liberada a qualquer hora do dia 11de agosto de 2014.

Observação.As matrículascontinuarão abertas depois de iniciado o curso; mas não se estenderá o tempo (como dito acima, de 10 meses) em que as aulas ficarão disponíveis em ambiente virtual.



E-mail para contato:

terça-feira, 3 de dezembro de 2013

DO VESTIR

Rev. Pe. Quadrupani



1 — Podem-se estabelecer a este respeito quatro regras principais:
 1. O vestuário deve ser proporcionado ao nascimento hierárquico de cada um; 2. aos seus meios; 3. à idade em que cada um se acha ; 4. ao estado de viúvo, casado ou solteiro. Assim Santo Agostinho repreendeu uma mulher casada, que queria vestir-se de preto como se fosse uma religiosa.
2 — Os vestidos servem não só para indicar a condição da pessoa que os traz, como para observar a decência, e proteger-nos contra os rigores das estações. Seria pois um grande mal violar o pudor, com os mesmos meios que servem para o proteger; e seria grande culpa sofrer frio, que pode ser nocivo à saúde, seguindo as modas caprichosas e levianas, ou antes loucas e ridicularmente extravagantes, que jamais se poderão conciliar nem com a fé do cristão, nem com a razão do homem.

3 — O piedoso Thomaz More, falando numa ocasião a uma jovem senhora que expunha a sua saúde aos rigores do frio, com o único fim de se distinguir pela elegância de seus vestidos, dizia-lhe: Deus será injusto para conosco, se vos não condenar ao inferno, vendo-vos tão corajosa e intrépida em sofrer tantos incômodos só para agradar ao demônio e aos seus sectários.

4 — Há mártires da fé; também há mártires da vaidade. Desejamos sofrer? Que o sofrimento seja coordenado à gloria de Deus e salvação nossa, e não à perdição de nossas almas.

domingo, 22 de setembro de 2013

Deveres dos Católicos Referentes às Faltas do Próximo


Deveres dos Católicos
Referentes às Faltas do Próximo

Com dois Apêndices sobre a virtude da paciência
respeitante a quaisquer males que possam se abater sobre nós,
inclusive os provenientes do próximo.
John S. Daly

Tradução de Felipe Coelho

As fontes para o que segue são: a “Conferência” do Padre Faber sobre receber escândalo; Sto. Tomás de Aquino – Summa Theologiae; Scupoli – Combate Espiritual; Scaramelli – Diretório Ascético; São Francisco de Sales –Introdução à Vida Devota; Thomas de Kempis – Imitação de Cristo; Balmes –A Arte de Alcançar a Verdade; Sto. Afonso de Ligório; São João Crisóstomo; e outros.

Podemos:

• Acreditar que o próximo cometeu um pecado contanto que a malícia do ato em que baseamos nossa convicção seja tão clara, óbvia e palpável que o ato não seja susceptível nem de justificativa, nem de desculpa. (D’Hauterive: Grand Cat., parte 2, seção 1, lição 27, n.º 52)
• Quando a ocasião for propícia e o pecado for manifesto, corrigir ou censurar o próximo.
• Fugir como da peste da companhia de pecadores escancarados e manifestos.
• Quando o bem de outrem tornar isto aconselhável, denunciar um pecador cuja culpabilidade for objeto de certeza, ou manifestar nossas suspeitas razoáveis, com moderação, a pessoas que tenham necessidade de ser informadas.
• Sondar o estado de consciência de pessoas sobre as quais temos autoridade, por exemplo nossos filhos menores de idade.
• Avaliar a virtude ou as motivações do próximo para uma finalidade específica, por exemplo para decidir se é apropriado empregá-lo numa dada função, com a condição de mantermos nossas conclusões apenas provisoriamente, na medida que não atingem o nível da certeza.
• Suspeitar da existência de uma falta ou vício, ou ao menos duvidar da virtude de alguém, caso a necessidade nos obrigue a refletir sobre a questão e existam razões suficientemente sólidas para nossas conclusões.
• Até mesmo relatar nossas suspeitas a outras pessoas, com prudência e caridade, por uma razão suficiente.


Não podemos:

• Acreditar que o próximo é culpado de algum pecado, seja qual for, quando outra possibilidade existir.
• Condenar alguém por faltas duvidosas, ou então com severidade quando a brandura for suficiente.
• Tratar alguém como malvado antes de a caridosa pressuposição de sua bondade ter sido definitivamente refutada.
• Difamar alguém sem haver certeza de que o que estamos dizendo é verdadeiro, nem mesmo relatar um pecado que é objeto de certeza a não ser que seja necessário fazê-lo; nem tampouco podemos revelar uma suspeita infundada ou uma suspeita exagerada, nem de fato suspeita alguma sem necessidade.
• Analisar, do ponto de vista moral, os atos e omissões do próximo, a não ser que tenhamos autoridade sobre ele.
• “Assumir o papel de censores de nossos irmãos; adquirir o hábito e ter prazer de julgar os outros desfavoravelmente.” (Bacuez e Vigoroux: Man. Bibl., N.T., n. 293)
• Em geral avaliar os atos e omissões do próximo; atribuir motivações, etc., sem necessidade, ou mais severamente do que é necessário.
• Atribuir a alguém uma motivação ruim quando outra motivação, boa ou então menos má, for possível.
• Acreditar que o próximo cometeu um pecado quando isso foi relatado por pessoas que têm boa razão para comunicar essa informação e são inteiramente dignas de crédito.
[N. do T. – O A. trata mais longamente deste ponto em seu belo estudo: Há Fumaça Sem Fogo?, também s/d.]
• Suspeitar da existência de uma falta ou vício em alguém, ou duvidar de sua virtude, quando temos possibilidade razoável de não formar um juízo ou de formar um juízo mais favorável.
• Relatar suspeitas que não sejam justificadas, fazê-lo com demasiada severidade, ou fazê-lo sem necessidade.
• Acreditar ou até mesmo dar ouvidos a relatos maus sobre o próximo vindos de pessoas que não são inteiramente dignas de crédito ou que têm razões más para comunicar essas coisas.

Devemos:

• Estar ocupados demais com nossas próprias faltas, e com o exame de nossa própria consciência e procura por nossos próprios pecados ocultos e desconhecidos, para sermos capazes de perceber os do próximo.
• Justificar, minimizar, mitigar ou escusar toda falta, real ou aparente, do próximo.
• Preferir supor até mesmo o que parece muito improvável, antes que crer mal do próximo, principalmente de nossos irmãos na Fé.
• Quando confrontados com as faltas ou pecados manifestos e certos do próximo, considerar que somos culpados de similares ou piores, ou ao menos que o seríamos caso tivéssemos as mesmas tentações e não tivéssemos graças especiais de Deus; e pensar que, se os outros nos julgassem com a mesma liberdade que tendemos a nos permitir com relação a eles, encontrariam em nós maldade maior, e com mais justiça.
• Ao nos depararmos com os pecados manifestos e certos do próximo, neles encontrar motivo de sermos mais humildes e de manifestarmos para com ele maior caridade.

Não devemos, de jeito nenhum:

• Ocupar-nos do estado de alma do próximo, de suas motivações ou da qualidade moral de seus atos, salvo para neles procurar edificação, a não ser que nos deparemos com defeitos certos e manifestos que exijam nossa intervenção.
• Culpar o próximo mais do que nós mesmos naturalmente gostaríamos de ser inculpados por nossas próprias faltas.
• Procurar ser “objetivos” ou “realistas” em avaliar as faltas, reais ou aparentes, do próximo.
• Nos comparar favoravelmente com o próximo, ou o próximo desfavoravelmente conosco.
• Chegar a receber escândalo, perder a paz, ou permitir a nós mesmos a menor “comoção da alma tendente a nos separar do bem” (Sto. Tomás de Aquino – Summa Theologiae, II-II, q.43, a.5) em razão das faltas, reais ou imaginárias, do próximo.

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Certos elementos da doutrina católica sobre esta matéria não se prestam a esse tipo de apresentação e são agora adicionados:

1. É falso pensar que não cometemos pecado em julgar o próximo culpado desta ou daquela falta, contanto que o nosso juízo esteja correto. Na realidade, a regra geral de que devemos tentar sempre acreditar no que for verdadeiro se choca aqui com uma exceção (Sto. Tomás de Aquino – Summa Theologiae II-II, q.60, a.4), e devemos preferir acreditar o bem sobre o próximo incorretamente, a acreditar omal corretamente, a não ser que o pecado seja evidente e inegável. Há três razões para isso:

(a) A caridade exige que nos inclinemos em favor do próximo;

(b) Nossos vícios impedem-nos de julgar o próximo corretamente;

(c) Nós não temos jurisdição (ou seja, direito de julgar*) sobre o próximo, razão pela qual todo juízo adverso que formarmos acerca dele constitui usurpação do papel que Deus reservou para Si.

[*) Certos autores abrem uma exceção em caso de pecado manifesto (por exemplo, Sto. Agostinho); outros, tais como São Francisco de Sales, julgam que o preceito de não julgar não admite exceção alguma, mas que não é, falando propriamente, um “julgamento” se notamos, malgrado nós mesmos, aquilo que é tão evidente que nada é capaz de esconder.]

2. É falso que seja suficiente perdoar as faltas que percebemos no próximo, desejar-lhe o bem, e admitir que também nós temos as nossas faltas e fraquezas. A malícia do juízo temerário consiste no fato de pensar mal do próximo quando temos possibilidade de (a) dele pensar e presumir o bem ou (b) pôr de lado todo o caso, restringindo-nos ao que nos diz respeito ou ao que a Providência nos deu a conhecer com certeza.

3. O juízo temerário deve-se geralmente ao orgulho, o mais sutil de nossos inimigos espirituais; ele nos faz confiar excessivamente em nosso próprio juízo em todas as coisas, mas é especialmente atiçado pelo Demônio para atrair nossa atenção para as faltas do próximo (Scupoli – Combate Espiritual, capítulo 43).

4. Os pecados, faltas e motivações más que nos permitimos atribuir ao próximo, sem termos o direito de formar esses juízos, são muito geralmente nossos próprios pecados, faltas e motivações más, de que nós próprios somos culpados mas para os quais nos cegamos, embora fôssemos notá-los bem depressa se dedicássemos o mesmo esforço em examinar nossa própria consciência que dedicamos a usurpar o direito de examinar a do próximo.

5. Até mesmo os intelectos mais penetrantes raramente acertam quando atribuem este ou aquele pecado ou má intenção a seu próximo. A experiência com os juízos temerários de que nós mesmos fomos objeto por parte de outras pessoas deveria convencer-nos de que a verdade é raramente aquilo que a mente humana pensa que é quando sua natural amargura não é adocicada pela caridade, e quando ela se imiscui na autoridade d’Aquele “que esquadrinha o coração e sonda os afetos” (Jeremias 17,10).

6. Seremos nós mesmos julgados mais severamente conforme a medida com que tivermos julgado o próximo severamente, e seremos julgados com menos severidade conforme a medida em que tivermos fechado os olhos para as debilidades do próximo, desculpado suas faltas, e nos recusado a acreditar no que tende à sua desonra. Mas há mais: unicamente com a condição de não julgarmos em nada ao próximo, nós mesmos não seremos julgados, em absoluto! “Em todos os livros sacros, há alguma promessa mais maravilhosa do que esta?”, pergunta o padre Peter Gallwey S.J. em Watches of the Passion[Relógios da Paixão] (vol.1, p.792).

7. Para obter esta promessa Divina – a promessa de que, em nosso julgamento, o Diabo, que nos acusará de todos os pecados da nossa vida, não será ouvido nem sequer por um instante –, basta seguir esta simples regra com respeito às faltas do próximo: perceber pouco, crer em menos ainda do que ouvimos, desculpar prontamente, absolver generosamente, e jamais condenar.

8. Certamente, porém, não somos proibidos de pensar ou falar do que é publicamente conhecido, caso haja razão proporcional, contanto que sempre poupemos o próximo o máximo possível. E certamente, também, podemos discutir as faltas manifestas do próximo, e mesmo refletir sobre o que as motivou, caso seja com a intenção de corrigi-las, ou para nos ajudar a tomar uma decisão prática, com a condição de jamais nos esquecermos de que, mesmo quando um pecado é manifesto, seus motivos e os fatores que predispuseram ao seu cometimento, frequentemente, não são manifestos e dariam um aspecto muitíssimo diferente à questão se o fossem.

9. Por fim, os inimigos públicos de Deus e de Sua Igreja têm apenas direito à justiça e à verdade; aquilo que a caridade nos move a dar aos outros pode, e muitas vezes deve, ser recusado a eles, a fim de melhor praticar a caridade para com aqueles que tais pessoas poderiam, de outro modo, fazer extraviar.

Apêndice 1 – Sobre a Virtude da Paciência

extraído do:

Textbook Of The Spiritual Life – Leading By An Easy And Clear Method
From The Beginning Of Conversion To The High-Point Of Holiness
[Manual da Vida Espiritual – Conduzindo, por um método fácil e claro,
do início da conversão até ao ápice da santidade]
por Pe. Charles Joseph Morotius,
monge cisterciense, teólogo e pregador
Parte II, Capítulo 8, Seção 4

A Paciência e suas Auxiliares, a Longanimidade e a Equanimidade

1. Paciência é a virtude pela qual suportamos os infortúnios deste mundo com tranquilidade de espírito, para que em razão deles não fiquemos desnecessariamente perturbados ou entristecidos interiormente, e não nos permitamos fazer nada de errado ou de inadequado. As adversidades desta vida que a paciência suporta são doenças, desterros, angústia psicológica, desgraça, escárnio, maltrato, insultos, calúnias, reprimendas, fome, sede, frio, as mortes dos pais e dos filhos, dos parentes e dos amigos, massacres e calamidades públicas, e outras coisas da mesma espécie que geralmente ocorrem todos os dias. A longanimidade é a parte da paciência que fortalece o espírito contra o aborrecimento ocasionado pela demora em receber algo que esperamos. Ela difere da paciência por suportar males por um longo tempo e aguardar consolação postergada por muitos dias, meses e anos. Assim Deus é chamado longânime, porque Ele tolera nossas demoras e hesitações enquanto nos convida ao arrependimento. Também a equanimidade não é uma virtude distinta da paciência, embora seja considerada especialmente voltada a moderar o aborrecimento que advém da perda de bens exteriores.

2. A matéria próxima com que a paciência se ocupa é a aflição da mente e a tristeza por conta dos reveses enumerados acima: essa virtude as reprime por inteiro ou então as controla tanto, que elas não excedem as exigências da reta razão. Por onde, as principais ações da paciência são:

(i) Suportar todas as sobreditas adversidades calmamente, de bom grado, com ânimo e em ação de graças, e sem nenhuma murmuração ou queixa.

(ii) Suportar esses males mesmo não tendo culpa, e mesmo que nos sejam infligidos por aqueles que receberam muitos benefícios de nós.

(iii) Atribuir todos os nossos problemas e dificuldades unicamente à vontade Divina, não importa por intermédio de quem provenham.

(iv) Sempre que estivermos feridos ou irritados, voltarmo-nos para Jesus crucificado como estando presente, buscando obter d’Ele a paciência e oferecendo a Ele tudo o que sofremos.

(v) Oferecer-se a si próprio, bem no começo de todas as manhãs, a Deus para sofrer não importa o quê, e para suscitar um desejo ardente na alma de sofrer todos os males possíveis em imitação de Cristo.

Nós temos muitas ocasiões para exercitar a paciência a quase todo momento, suportando os males e perdas que nos acometem com respeito a nossa boa reputação, vida e bens exteriores.

3. Os sinais da paciência são:

(i) Suportar com calma as imperfeições dos outros.

(ii) Não ceder ao rancor quando maltratado pelo próximo.

(iii) Não murmurar contra as punições divinas.

(iv) Não evitar a companhia daqueles que cometem injustiça contra nós, mas antes ir ao seu encontro, ter amor por eles e por eles rezar.

(v) Em alguma enfermidade, rezar a Deus que aumente nosso sofrimento.

(vi) Manter silêncio em meio às injustiças, não se desculpar, mas entregar tudo nas mãos de Deus a exemplo de Nosso Senhor, que mesmo quando convocado a Se defender preferiu permanecer em silêncio.

Agora, quem não faria tudo o que está em seu poder para exercer essa virtude com máximo cuidado, considerando a paciência e longanimidade de Deus, que não somente tolera os pecadores com benevolência, mas não cessa de cobri-los com os maiores benefícios? E a vida de Cristo e Sua amaríssima paixão não proporcionam o exemplo supremo de paciência?

Nem deve ser preterido o exemplo dos santos do Antigo e do Novo Testamentos, principalmente de Jó e Tobias e dos incontáveis mártires. Ademais, quem quer que considere atentamente os inomináveis tormentos do Inferno, de que tão frequentemente escapou por conta da infinita misericórdia de Deus, não considerará os aborrecimentos desta vida, não importa quão graves e dolorosos, como de nenhuma importância, e até os tratará como prazeres?

Finalmente, como diz o Apóstolo, “A paciência vos é necessária” (Hebreus 10,36), pois ela fortalece a fé, governa a paz, auxilia o amor, instrui a humildade, excita o arrependimento, faz satisfação pelos pecados, ata a língua, refreia a carne, resguarda o espírito, aperfeiçoa todas as virtudes e dota-nos ao fim desta vida com a bem-aventurada imortalidade: “Porque agora o que é para nós uma tribulação momentânea e ligeira, produz em nós um peso eterno duma sublime e incomparável glória.” (2 Coríntios 4,17).

Apêndice 2 – Sobre a Virtude da Paciência
Sermão do Rev. Pe. Oswald Baker datado de 26 de fevereiro de 1995
intitulado “Frustração e Paciência”.

O relato que São Paulo faz de seus suplícios no curso de sua missão Apostólica proporciona uma lição de contenção, longanimidade, tenacidade, equanimidade, autocontrole, placidez, compostura, benevolência, paciência. Infinita paciência. “A ira do homem não dá fruto que seja aceitável a Deus” (Thiago 1,19). Quem perde a cabeça, sai perdendo. Você sempre perde mais do que ganha quando cede ao seu gênio. Três minutos de cólera minarão suas forças mais drasticamente do que oito horas de trabalho. Ela desgasta terrivelmente o corpo. Quando você está irado, o sangue corre para os principais músculos de seus braços e pernas, e assim você tem a força física aumentada. Mas o seu cérebro, faltando-lhe o pleno suprimento de sangue, tem sua eficiência reduzida. É por isso que você fala e se comporta de maneira bizarra. E você perde o respeito dos que testemunham a explosão. A paciência é uma vencedora.

Suponha que você esteja de pé na fila, numa liquidação, e alguém que furou a fila bem na sua frente compra o último dos artigos à venda. Qual é a sua reação? Coisinha esfomeada, intrometida, horripilante? Suponho que eu devesse ter chegado mais cedo? Ora que bem, não importa realmente, ela provavelmente precisa disso mais do que eu?

Suponha que o telefone desperte você com um sobressalto enquanto você tirava um cochilo, e, quando você vai ver, é alguém tentando vender-lhe algo que você não quer. A sua reação é: Importuno estúpido? Suponho que eu realmente não deva ficar na cama a manhã inteira? Não é razão nenhuma de irritação; é o trabalho dele?

Se alguém pegar emprestada de você uma capa de chuva e devolvê-la muito manchada, como você se sente: Esta é a última vez que lhe empresto algo? Suponho que eu não deva lhe emprestar nada que manche tão fácil? Não deve ter notado que ficou tão manchada, senão teria limpado?
Se uma pessoa conhecida passa por você sem falar nada, o que você pensa: O que será que atribulou a ranzinzinha? Suponho que eu devesse ter tomado a iniciativa de falar com ela? Ela provavelmente estava com a cabeça cheia e simplesmente não me viu?

Enxerga o padrão nos três tipos de reação? Na primeira, você culpa a outra pessoa e guarda ressentimento. Na segunda, você culpa a si mesmo. Na terceira, você não culpa a ninguém; você talvez fique embaraçado, mas não fica com raiva. O primeiro tipo de disposição chama-se extrapunitivo, inclinado a culpar os outros. O segundo éintrapunitivo, culpando a si mesmo por suas próprias frustrações. O terceiro é impunitivo, não atribuindo culpa nenhuma e tentando ignorar a frustração. A vida de virtude exige de nós que nos esforcemos sempre pela segunda ou terceira: culpar a si próprio ou não culpar ninguém. É bom, e necessário, refletir e determinar que tipo de incidentes fazem mais prontamente com que você se sinta frustrado, e como é que você lida com essas situações. As frustrações são parte inescapável da vida, e o modo como você reage a elas é uma chave para a sua personalidade. Se você está insatisfeito com o seu ambiente, seu emprego, até mesmo seus entes queridos, você pode talvez sair à cata de alguém a quem culpar, enquanto a possível causa que se deveria investigar primeiro é a imaturidade ou alguma outra inadequação sua. Talvez você não se ajuste bem à vida em geral. Considere estas questões: você é inconsistente no seu comportamento? Você é emocionalmente estável? Você tem um sentimento injustificado de insegurança? Considera que você procura dar, em vez de obter, satisfação? Você é ostentoso? Acha que tem um senso de humor satisfatório?

Nossa vida na terra é uma guerra, e em todas as esferas devemos esperar topar com provação, adversidade, reveses, todos os quais podem ser utilizados para o nosso bem mediante a virtude da paciência. Se queremos adquirir a equanimidade e o autocontrole conducentes à paciência, três reflexões: (i) Quão pouco é o que temos de suportar, em comparação com o que já merecemos por nossos pecados. Se isso falhar em nos comover, devemos rezar por um sentido mais aguçado do pecado, e pedir a Nosso Senhor que elimine em nós todo traço de complacência, de presunção e de fraude. (ii)Considerar a paciência exemplar do nosso Salvador e o sofrimento que Ele suportou por nossos pecados durante Sua Paixão e Morte. (iii) Nós devemos fixar a mente na santa Vontade de Deus, Que nos envia provações para o nosso maior bem, Que sabe o que é melhor para nós, e dispõe tudo para o melhor, se nos resignarmos ao Seu cuidado amoroso.